SIMCA VEDETTE MARLY (1954-1961), de IXO
Ya se comentó en su momento las
dos gamas principales de vehículos que tras la guerra ofrecía esta marca de
apasionante historia. Por un lado estaban los pequeños utilitarios fabricados
bajo licencia Fiat, y por otro los grandes V8 herederos de la presencia de Ford
en el país galo. SIMCA siempre tuvo un ojo puesto en las clases populares
francesas ofreciendo productos de perfil medio-bajo. Su modelo Aronde,
en sus mil y una configuraciones estaba siendo todo un éxito de ventas en el
país galo. Pero en 1953 surgió una muy buena oportunidad cuando Ford
quiso desprenderse de su filial francesa, dejando su enorme fábrica de Poissy
totalmente libre, por lo que Henri Pigozzi, el fundador y dueño de SIMCA no
dudó ni un instante en adquirirla, así como los derechos de fabricación de los
vehículos que de allí salían. Así que se decidió por el Vedette, que
montaba el veterano motor apodado Aquilon, un V8 de 2.351 cm3
con unos 80 CV, y que derivaba directamente de aquellos Flathead (cabeza-plana)
de preguerra de Ford, lo que aún siendo una opción poco arriesgada, al menos aseguraba
un buen comportamiento, robustez, comodidad y estabilidad, aunque su consumo estuviera
poco ajustado al tener una relación de solo tres marchas (con su
correspondiente palanca en la columna de la dirección) dirigidas al eje trasero
de un coche tirando a pesado.
Pigozzi ya tenía el gran coche
que quería venderles a las clases pudientes, así que lo diversificó en diferentes
versiones, pensando en la Grande France du Roi Soleil, en pleno barroco
francés. Trianon, Versailles o Régence, son nombres
de palacios o de épocas históricas del antiguo esplendor francés y con ellos se
buscaba reforzar la asociación de ideas entre el lujo y el prestigio de la
realeza galas con la de los mejores vehículos de origen americano. En la
primera generación de los Vedette, que va de 1954 a 1957, se ofreció de menor a
mayor equipamiento las citadas versiones: la más básica era la Trianon, y el
tope de gama el Régence, si bien las diferencias entre todos ellos eran más
bien pocas, teniendo siempre en común la misma mecánica. Estamos hablando de
añadir reposabrazos por aquí y allá, más cromados, algún testigo más en el
panel de mandos, odómetro parcial, embragues diferentes, guardabarros más
generosos… …ese tipo de cosas. En
1956 se inició la fabricación de la versión familiar llamada Marly, la
que hoy se muestra aquí, y que recogía de alguna manera lo mejor de esas tres
versiones. Este coche, me refiero al Vedette, en cualquiera de sus versiones
tuvo unas ventas conjuntas en su primera generación de algo más de cien mil
unidades, lo que no está nada mal teniendo en cuenta que apenas habían
transcurrido diez años desde la Segunda Guerra Mundial, y que se trataba de un
coche semi-lujoso.
En 1958 vino la segunda
generación, con nuevos nombres y una orientación todavía más americana si cabe.
Carrocerías algo más largas, parrillas aún más ornamentadas, grandes aletas
traseras… …en toda Europa era la
tendencia, y fabricantes como Mercedes-Benz, Peugeot, Fiat e incluso alguna
inglesa se echaron en brazos de esta nueva moda ostentosa. Para adaptarse a los
nuevos tiempos, el Versailles fue reemplazado por el Bealieu y el
Régence por el Chambord. Nombres también de palacios o de lugares
lujosos. El Marly mantendría su producción y su nombre, y la
motorización se mantendría para todos ellos, aunque con modificaciones, con el fin
de rascar los 84 CV. Sin embargo, para
la versión más básica del Vedette, SIMCA desechó ese motor, y recurrió al cuatro
cilindros de 1.300 cm3 del Aronde, y así equipar su modelo base, dentro
de la gama alta, aunque lo más simplificado posible en cuanto a lujos se
trataba: el Ariane.
Llegado 1959 se ofreció la posibilidad de equipar en todos los
modelos una transmisión automática llamada Rush-Matic,
que aún añadiendo una
cuarta marcha, tampoco es que mejorara mucho los consumos, aunque daba la
opción de utilizar o no el embrague según el modo Road (manual) o Rush (semiautomático).
También ese año llegaría la ‘nueva’ versión Présidence, la cual solía
estar carrozada por Chapron, y que iba dirigida más bien a jefes de
estado o altos dignatarios. Charles de Gaulle pidió para él no uno, sino dos.
Contaban con radioteléfono, rueda de repuesto externa debidamente carenada y
acoplada a la carrocería (lo que en USA llaman kit continental), y un
interior de auténtico lujo con cueros y maderas nobles por doquier. En todo
caso, con la crisis del Canal de Suez todavía reciente y la independencia
argelina, en el verano de 1961 cesaría la producción francesa de estos motores
de V8, dejando atrás todo un símbolo y una moda de la mejor época colonial
francesa, para dar lugar a otra más apagada, con vehículos más accesibles, más
racionales y sobre todo con motores más eficientes. De esta segunda generación
se vendieron algo más de 73.000 unidades, aunque como es lógico, el único SIMCA
de ‘lujo’ que mantendría su producción hasta 1963 fue el Ariane antes
citado. Nuestro querido fabricante no regresaría a los coches de alto standing
hasta que fue adquirida por Chrysler, allá en los años setenta, con sus modelos
160, 180 o el 2 litre. A pesar de ello, el Vedette continuaría fabricándose en la
factoría que SIMCA tenía en Brasil, en aquella época un país en franca
expansión, y además con los mismos motores Aquilon, aunque debidamente modificados
para alcanzar o superar los 100 CV. Se mantuvieron en producción las versiones
Chambord y Régence, pero en muy poco le acompañarían versiones cariocas propias
como la Tufäo (muy básica, todavía con piezas importadas francesas) o el
Alvorada (más tarde llamado Profissional, que seguía siendo la
versión básica aunque con producción casi al 100 % brasileira). Además estaba
el Jangada, que era la versión familiar y continuación del que en
Francia se llamó Marly. El caso es que sumando todas las versiones apenas se
vendieron 50.000 unidades, lo que en un país inmenso como Brasil y con un gran
potencial de clientes, en 1966 se decidió descontinuar definitivamente
el Vedette, y presentar el nuevo modelo Esplanada, de líneas más rectas
y con menos cromados que su predecesor, y que debía sustituir de forma genérica
a toda la gama Vedette en Brasil, si bien en el fondo seguía montando aquel viejo,
indestructible y demasiado gastón V8, prácticamente con el mismo chasis.
NOTA ACLARATORIA: En español acostumbramos
a tratar a los coches casi siempre en género masculino, pero los franceses y los italianos suelen nombrarlos justo al revés, como si de mujeres se tratara: la Vedette, la
Ariane, la DS, etc…
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CADILLAC MILLER-METEOR AMBULANCE
(1959), de IXO-ATLAS
Desde 1931 ya existía en el seno de
Cadillac un departamento especial denominado Commercial Chasis, dedicado
especialmente a los grandes y largos vehículos de servicios que requerían de
potentes y rápidos motores. En este caso, se recurrió a la gran oferta de
carroceros existente en los USA para transformar la longeva berlina de la serie
75 Fleetwood de 1959 en vehículos de servicio como coches fúnebres, ambulancias
o mixtos para bomberos, y así cubrir ese sector de la manera más provechosa
posible. Empresas como ‘Miller-Meteor’, ‘Superior Coach’ o ‘Hess &
Eissenhardt’, todas ellas de Ohio, fueron las preferidas en ese momento para acometer
tal propósito. Cadillac las fabricaba de forma digamos incompleta, y desde el
salpicadero hacia atrás eran estas empresas quienes acaban de carrozarlas y
completarlas.
En Commercial Chasis como
podrá imaginarse, se dedicaban a reforzar y alargar mediante estructuras
tubulares lo que ya era basto de por sí, lo suficiente como para que la
distancia entre ejes alcanzara los cuatro metros. Estamos hablando de
ambulancias o ‘funeralas’ que dependiendo de su carrozado oscilaban entre una
longitud total de entre 6,30 y los 6,50 metros. Su anchura se situaba entre
2,15 y 2,20 metros y su altura al techo, sin contar señalizaciones, sirenas o
prioritarios, era de un mínimo de 1,70 m. Auténticas barcas realmente
llamativas que en los USA tuvieron su final cuando en noviembre de 1979 se
promulgó una nueva ley de sistemas de emergencia, que debido al aumento del
tamaño de los aparatos de medicalización obligó a utilizar en su lugar
furgonetas o bien camiones ligeros, en busca de una mayor racionalización del
servicio y de los medios disponibles. Cadillac, al igual que otros, tuvo que
cerrar esa parte de su producción, tras más de medio siglo de tradición y de una
larga saga de llamativos e icónicos modelos, del que quizás la ambulancia más
representativa de todas sea este carrozado de 1959 de la empresa Miller-Meteor,
del que se hicieron unas 400 unidades.
Y es que con aquellas ambulancias
se había alcanzado un exceso de gigantismo en pos de lo espectacular y pomposo,
que comenzó a hacerlas perder funcionalidad, lo que iba en contra de los mismos
fundamentos del servicio. Sus famosas aletas espaciales traseras, tan altas que
en sus faros en forma de bala cualquier peatón distraído fácilmente podía
dejarse el esternón. Aquellos gruesos cromados y aquellas superficies
acristaladas tan grandes que con buen sol era fácil cegar al resto de
conductores. Masas a manejar de entre 2.800 y 3.100 quilos (y eso en vacío y
sin montar el equipo médico, pues éste aumentaba el peso de estos bichos en
media tonelada más). Todo ésto obligaba a montar motores cada vez más potentes.
El modelo inicial de serie, el OHV V8 de 6.400 cm3 ya
entregaba 325 CV y estaba controlado por una relación automática Hydra-Matic
de 4 velocidades, directas al eje trasero. Ello conllevaba un gasto de
combustible de más de 20 litros a los cien quilómetros. Aún así, no se dejó de
pensar en la comodidad, y estos Cadillac dispusieron siempre de aire
acondicionado, dirección asistida, servofreno, elevalunas eléctricos o asientos
delanteros ajustables eléctricamente, entre otras chucherías. Eso hacía elevar
su precio por encima de lo razonable, hasta cerca de unos 10.000 dólares de la
época. Para hacerse una idea, en aquellos años, gastar 3.000 pavos en un coche
estándar ya se consideraba suficiente muestra de poder adquisitivo. No
obstante, tras el cese de la producción de ambulancias, sí se mantuvo el de
coches fúnebres unos años más, dado que sus requisitos técnicos y el de los ’clientes’,
eran obviamente menos exigentes.
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Allá por 2010 la editorial francesa Hachette, en colaboración con la revista Auto Plus, dedicada al mundo del motor, lanzó una nueva colección llamada ‘Les Classiques de l’ Automobile’ de 130 números si mal no recuerdo. Tampoco constituyó una gran novedad pues se trataba de otro reaprovechamiento más de los moldes que en su mayoría ya estaban en posesión del grupo IXO-PCT (tanto monta-monta tanto). Moldes que en su mayoría ya eran conocidos aquí, aunque desde luego algunos modelos, por ser exclusivos del país galo, aquí no se dieron, o simplemente eran desconocidos. Por tanto, para el mercado español se trataba de una colección ‘carne de picoteo’, aunque hay que reconocer que su calidad estaba un escalón por encima de lo que aquí acostumbrábamos, por lo que era ideal para conseguir ese modelo que aquí no teníamos, o al menos, mejorar los que pasaron sin pena ni gloria.
El punto fuerte, por tanto, de este Marly es la novedad de su molde dentro del mundo editorial. Cuenta con una combinación de dos colores ciertamente atractiva, muy propia de aquellos años cincuenta, y lo que es más importante, sus pinturas están razonablemente bien aplicadas. Tiene una utilización de los cromados muy digna, salvo esos espejos retrovisores que por su forma un tanto amorfa, parecen micrófonos plateados. Aunque la baca no parece la de serie, en este modelo en concreto no está nada mal ejecutado para lo que IXO suele perpetrar, y los tapacubos con el detalle de las tazas en colorado, están bien conseguidos, dando a las ruedas un aire de realismo muy logrado. Aunque para mí, lo mejor de todo es el molde y la reproducción de las franquicias, en su justa medida y todos ello bien proporcionado. Como siempre, dentro de las altayadas, en su contra tiene los pinchitos de sujeción de los faros, y los interiores pobres y poco detallados. Pero ya sabemos que eso, salvo honrosas excepciones, no ha cambiado ni cambiará en la vida.
De las mencionadas 400
ambulancias que se fabricaron y equiparon en aquella temporada de 1959-1960,
hubo cerca de 70 unidades que conformaron el stock de la rara versión ‘Futura’,
inmortalizada en la famosísima película ‘Ghostbusters’ de 1984, el Ectomobile con
su matrícula ECTO-1. Aquí en España fue conocida como ‘Los Cazafantasmas’. Cómo
no, es uno de los vehículos más reproducidos de la industria juguetera, y en
esto del diecast a 1/43 el más conocido quizás sea el de Hot Wheels, de su
serie Elite. En cuanto a las versiones ambulancieras que estamos tratando, NEO tenía
un par de modelos carrozados por ‘Superior’, una de ellas bomberil y la
otra ambulancia. Brooklin Models también tuvo otras dos ambulancias de ‘Miller-Meteor’,
una blanca y roja como mandan los cánones, y la otra una preciosidad toda en
blanco con ribetes y lamas dorados. En otras escalas hay más fabricantes y
versiones, pero ésta en concreto, la de nuestra entradilla, es una humilde
versión de quiosco de origen chino-bangladesí.
De primeras, y a simple vista
puede apreciarse que proviene de colecciones editoriales. Concretamente de la
‘Ambulance Collection’ de Atlas, muy variada y curiosa, con profusión de
estrambóticos y extraños moldes. Es una lástima que no tenga apenas difusión
aquí en España. En este modelo quiosquero, como digo, lo delata su pintura,
aplicada de forma poco grácil y excesiva. También son gruesos sus
limpiaparabrisas y sus espejos retrovisores, así como la antena. Por otro lado,
la disparidad de los cromados, unos muy brillantes y otros más bien apagados,
hacen que estén poco conjuntados entre sí, como la propia insignia de Cadillac,
los indicativos de su versión, o las lamas laterales y superiores que recorren
el vehículo a lo largo y a lo ancho, todos ellos poco detallados y muy planos
en su apariencia. Por el contrario, tiene unos curiosos prioritarios y una
sirena que parecen jugueteros, pero que en realidad se ajustan bastante a como
fueron: desproporcionados, llamativos y con las luces en forma de bala, a juego
con el resto. Además, por ahí dentro se deja ver una camilla, un armarito con
el set de medicalización, y alguna que otra silla o butaca extra para el
acompañante o enfermero. Ni tan mal. En la conducción tenemos la tapicería en
blanco y rojo, incluido volante, aunque éste sea irrealmente descomunal en su
grosor. La zaga me parece mejor resuelta que la delantera, o al menos en sus
dimensiones se ajusta mejor al modelo real. Esa parrilla y ese parachoques
tienen menos finura que visto por detrás, y el logotipo mismo de Cadillac
debería haber tenido un mejor tratamiento, pues el imponente tamaño de la
miniatura lo permitía. Las ruedas tienen una buena banda blanca, como mandaban los
cánones de la época, pero unos tapacubos cromados tirando a pasables. La verdad
es que no soy muy amigo de este tipo de vehículos, pero en este caso concreto
saciaba tres gustos propios: el exceso
americano, la parte intrínsecamente cinéfila, y la hibridación entre vehículos familiares
y los de servicios.
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