domingo, 8 de febrero de 2026

Del SCHNEIDER TYPE H (1916) al MERCEDES-BENZ O-302 10 (1972)

Autobús de la línea hospitalense, empresa Oliveras.
 

No, no hay motivos para asustarse, porque no se trata de una recopilación de medio siglo de autobuses, sino de una simple comparativa del transporte de viajeros entre un modelo que apenas había salido de los pañales de la automoción, y otro que en plena década de los setenta, se podía afirmar que era avanzado y moderno, digno incluso de los estándares actuales. Del primero no puedo dar fe directa (vamos, ni mi abuelo), pero del segundo sí puedo. Porque el que haya sido un excursionista escolar en los setenta (incluso en los ochenta) seguro que pegó saltos en sus mullidos butacones. Algunos además, y ya en época bachiller, debíamos recorrer diariamente el trayecto desde el pueblo hasta la capital de comarca de turno para seguir estudiando en algún colegio de curas o similar, a ver si nos desasnábamos y desertábamos del arado. Pero eso ya es otra historia. 

Cochera de la Oliveras, en 1930. Puede verse a los Minervas,
sustitutos de los Schneider, quizás aún en servicio.

Chófer y cobrador, con severo uniforme abotonado y gorra de plato.

Vista trasera del bonito y artesanal carrozado.
 

Aunque pueda parecer difícil o increíble, el Schneider sí estuvo presente en España, aunque una década después como mínimo que en su país de procedencia. Cuando los parisinos y los lioneses se hartaron de arreglar los adoquines de sus calles que esta mole de hierro iba destrozando a su paso, se los vendieron a las incipientes líneas de autobuses que surgían en las principales capitales españolas, todavía polvorientas o con un firme, digamos, poco estable. Con una densidad de población mucho menor que en Francia, en España estos aparatos a menudo daban servicio interurbano, entre poblaciones muy próximas entre sí, para hacer el máximo posible de quilómetros, y amortizar la inversión.

Nº 107 de la colección de Hachette, Autobuses y Autocares del Mundo.






 

Puede apreciarse en sus ruedas: llantas artilleras de hierro fundido y neumáticos macizos. Además de incómodo para sus pasajeros, debía ser muy agresivo para aquellas calles y aquellos caminos, desgastando el firme y causando roderas.  ¿Y qué me decís del puesto de conducción? Aunque hubiera un breve parabrisas de por medio, el ‘chauffeur’ estaba más expuesto al frío y a las inclemencias climáticas que los propios pasajeros. ¿Y esa balconada trasera? Un remanente ferroviario para no ser embestidos directamente por detrás, o la voluntad de darle un carácter más turístico. El caso es que más adelante se procuró a estas bestias con unas ruedas de llanta de disco con neumáticos inflables. Aún así era impensable superar los 25 km/h., por lo que, obsoletos y avejentados, en España estos antediluvianos vehículos fueron retirados de la circulación al entrar en los locos años treinta.


El O-302 debidamente reconvertido a autobús turístico.


 

Y nos vamos al otro extremo sociológico, es decir, cuando las ciudades en España estaban en plena expansión demográfica, pero a su vez el interior estaba implosionando por la despoblación. En esa España vacía que hoy recién han descubierto tanto los urbanitas como los propios ruralitas, ya en aquella época de la mal llamada Transición muchos pueblos estaban más que sentenciados. Algunos se han enterado ahora, cincuenta años más tarde, y además lo llaman ‘vaciada’, como si fuera solo un problema externo. Perdonen ustedes, pero los culpables no solo son de Madrid, también los tenemos en cada pueblo, y no escasean, precisamente.

Versión civil, o mejor dicho original, sin grandes ventanales panorámicos.
 

Bueno, el caso es que además de recurrir a las famosas concentraciones parcelarias, también hubo que tirar de concentración de recursos humanos. En las capitales y en los pueblos de provincias, se utilizaron a menudo autocares y autobuses de segunda mano provenientes de otros países, y de marcas de reconocida calidad como Mercedes-Benz, para cubrir los inacabables servicios que alternaban entre las citadas excursiones, y el propio servicio a la población general. Había que acercar la capital a los lugareños; y los estudiantes a lugares de interés turístico o lúdico. Y claro, supongo que también habría que dejar alemanes, ingleses y otras especies de turistas en las poblaciones costeras desde algún que otro aeropuerto. Así que la gente envidiaba al que tenía un ‘mercedacos’ de importación, pero no encontraba nada raro que un autocar de esa misma marca le llegara hasta la capital, de compras al Simago.

Éste fue el nº 25 de la citada colección, compuesta de 120 fascículos.



El subíndice 10 tras el O-302 se refiere al número de asientos.
 

Disculpad la acritud de esta entradilla, pero siempre me ha parecido una actitud aborrecible de estos mis paisanos envidiosos que criticaban al que podía disfrutar de un cochazo de importación, sobre todo si se había matado a trabajar en Alemania, por ejemplo;  pero luego nadie se preguntaba cómo coño la Diputación otorgaba licencias de líneas de transporte a empresas que disponían de Mercedes, Man, AEC, y otras marcas cuya importación estaba, a priori, prohibida, o gravada con unos terribles impuestos que las hacían inaccesibles para la mayoría. Y es que si de divisas extranjeras se trataba, ahí el régimen no hacía ascos, ni tampoco los que vinieron después. Todo eran facilidades: ahí no importaban las importaciones, ni las restricciones, ni los requisitos del cien por cien español, ni otras zarandajas por el estilo. Ahí sí se estaba abierto a todo. Sobre todo a poner la mano.

Los interiores de esta colección francesa no eran precisamente los mejores.
Pero al menos nuestros vecinos tuvieron una colección sobre este tema.



 

Bueno, aquellos merches, aunque un poco trillados, se disfrutaban de lo lindo. Los había de 40 plazas y también los hubo con una distancia entre ejes algo más amplia, para incluir más filas de asientos. Para muchos de nosotros, en su día supuso lo más cómodo que había para nuestros culos. ¿Fue tu caso también?

 

Hasta la próxima.